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miércoles, 25 de febrero de 2015

Sevilla Oculta: San Isidoro del Campo


El Monasterio de San Isidoro del Campo se funda en 1301 gracias al patrocinio de don Alonso Pérez de Guzmán (conocido como 'el Bueno') y su mujer, doña María Alonso Coronel, que consiguieron unos años antes el privilegio del rey Fernando IV para poder construirlo. El lugar elegido, a escasos metros de la antigua Itálica, está relacionado con la figura de San Isidoro ya que existía la leyenda de que en esta zona del Aljarafe había fundado un Colegio y en él habían estado sus restos hasta que en 1063 fueron trasladados a León. Para perpetuar la memoria de uno de los grandes santos sevillanos se decide construir este edificio apenas medio siglo después de la Reconquista de la ciudad de Sevilla. El monasterio se ubica en plena ruta de la Plata que durante el Medievo se convertirá en uno de los caminos de peregrinación a Santiago de Compostela, de ahí que el monasterio tuviera su propia hospedería. Con las fronteras cristianas aún por definir, el edificio se diseña al exterior como una auténtica fortaleza, lo que explica sus contrafuertes y sistemas defensivos en muros y cubiertas.



La primera comunidad religiosa que se asienta en San Isidoro y la responsable por tanto de su primitiva construcción es la cisterciense. Monjes burgaleses llegan a Sevilla importando el austero lenguaje arquitectónico del Languedoc francés, caracterizado por la absoluta ausencia de decoración, la prohibición de la construcción de torres y su clásico sistema de bóvedas de crucería que recaen en ménsulas voladas. Los cistercienses construyen un sencillo monasterio compuesto por un claustro principal, la iglesia y las dependencias anexas: sacristía, sala capitular, dormitorio y sala de Profundis. El paso de los siglos hará que la riqueza del monasterio vaya en aumento y por consiguiente se construyan nuevas y lujosas estancias que convertirán San Isidoro en una auténtica ciudad autosuficiente. El abad de San Isidoro tendrá un poder espiritual similar al de un obispo y en la práctica actuará como un auténtico señor feudal al depender de él extensas tierras y todo un complejo industrial basado en la economía agropecuaria (lagar, establos, almazara...).


La iglesia de San Isidoro tiene la peculiaridad de tener dos naves, un hecho bastante inusual en la arquitectura religiosa cristiana. Los cistercienses construyeron su iglesia basándose en las reglas de su orden, diseñando un templo muy sencillo, dividido en tres tramos, con un ábside poligonal y pequeñas ventanas al exterior con forma de trébol de cuatro hojas (una decoración que veremos también en el claustro). El templo servirá como panteón familiar a la familia Pérez de Guzmán y sus benefactores dejarán por escrito que sólo ellos (Alonso Pérez de Guzmán y su mujer) podrían ser enterrados en el presbiterio, el resto de su linaje debería hacerlo a lo largo de la nave. Es más, quedó tajantemente prohibido que nadie que no fuera un Pérez de Guzmán pudiera enterrarse en la iglesia, incluidos los monjes, que tuvieron que enterrarse en el claustro, motivo por el cual será conocido como Claustro de los Muertos.


El hijo de los fundadores del Monasterio, Juan Alonso Pérez de Guzmán, ante la imposibilidad de enterrarse en el presbiterio de la iglesia, construirá otro templo paralelo que le sirviera de panteón. Este espacio, más moderno en el tiempo, ya no seguirá el lenguaje cisterciense y sus bóvedas recaerán en columnas adosadas al muro, siendo las del testero derecho parte de los contrafuertes de la primitiva iglesia, que se retallan para darle aspecto de columnas. En la parte superior del muro intermedio se observan las ventanas que, en su día, daban al exterior y que actualmente comunican de forma extraña ambas iglesias.


A partir de 1600 ambas iglesias vivirán un cambio radical en su imagen sustentado en dos hechos clave. El primero ocurrió en el año 1603 cuando una riada destruyó el primitivo pueblo de Santiponce que estaba en el valle, junto al Guadalquivir. Es en este momento cuando los habitantes de Santiponce construyen el pueblo actual, ocupando las ruinas de la antigua Itálica. La iglesia exterior del monasterio se convertirá en parroquia del pueblo y acogerá varias imágenes procedentes de la desaparecida parroquia. La otra fecha es la de 1609 cuando se cumplen 300 años de la muerte del fundador del monasterio, Alonso Pérez de Guzmán. Con motivo de esta efeméride se decide redecorar las iglesias eliminando los túmulos que se habían ido añadiendo con el paso de los siglos y encargándose a Juan Martínez Montañés el nuevo diseño de la decoración de ambos templos. Montañés residirá entre 1609 y 1613 junto con sus ayudantes en San Isidoro, ocupándose de la realización del nuevo retablo principal de la iglesia conventual en cuyo contrato se especificaba que la figura de San Jerónimo (inspirada en la de Torrigiano que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla) debía hacerla él solo, sin ayuda de ningún discípulo. Montañés supervisará la ejecución de otro retablo dedicado al Niño Jesús (figura que se conserva hoy en el refectorio del monasterio), y realizará el retablo de la familia de la Virgen (hoy en la Sala Capitular). Años antes, en 1591, ya había realizado, en colaboración con Andrés Ortega un tabernáculo para el Santo Cristo que estuvo en el altar mayor de la iglesia anexa y que en el siglo XVIII fue sustituido por el actual retablo del Cristo de la Vera Cruz o de las Ánimas.


Otras obras llevadas a cabo en la iglesia conventual (la derecha) fueron la eliminación del coro alto que fue sustituido por el actual, del siglo XVII, labrado en madera. La gran cantidad de sitiales demuestra el poder que llegó a tener San Isidoro del Campo, reflejado en el alto número de monjes que en él residieron. Hoy en día ambas iglesias se comunican gracias a un gran arco situado junto a los presbiterios que fue abierto a principios del siglo XVII para colocar en el pilar un retablo dedicado a San Pedro del que hablaremos más adelante.


Dejando las iglesias llegamos al claustro principal del monasterio. San Isidoro llegó a tener varios patios y claustros de los que sólo se conservan cuatro, el de los Muertos, de estética mudéjar del siglo XIV, el de los Evangelistas, que comunicaba el monasterio con la Hospedería, el que sirve de acceso y que en el siglo XIX se convertiría en cementerio de Santiponce y el Claustro Grande, levantado desde el siglo XV y cuyo fin era albergar las celdas individuales de los monjes. Este último claustro, hoy cerrado por su mal estado, es el que conserva la única torre del complejo y que pudo contener las dependencias privadas del abad.

Claustro de los Muertos

San Isidoro del Campo es una auténtica joya que ha ido aumentado en riqueza y decoración conforme iban variando sus inquilinos. En 1429 Enrique de Guzmán solicitaba al Papa Martín V permiso para expulsar a los cistercienses del monasterio alegando negligencias en su gobierno. En 1431 se cumplía su deseo y llegaban los Jerónimos observantes de Lope de Olmedo, amigo íntimo de Martín V. La llegada de los que serán conocidos como 'isidros' supuso una completa remodelación del monasterio, que fue redecorado en su totalidad. Del siglo XV son gran parte de las pinturas murales que se conservan en claustros y dependencias monacales. La factura de estas pinturas es exquisita y su estado de conservación, increíble. Se trata de uno de los conjuntos de pinturas murales de esta época más importantes de España por su calidad, variedad y cantidad. Una auténtica delicia para los amantes del arte.

Pinturas del siglo XV en el Claustro de los Muertos

Debido a la imposibilidad de enterrarse en las iglesias del monasterio, diferentes familias acomodadas eligieron el claustro de San Isidoro para enterrarse, sufragando retablos como el del Cristo de Torrijos que perteneció a la familia del mercader de origen genovés Luis de Riverol. Si bien el primitivo retablo era de principios del XVI, posteriormente se fue ampliando y redecorando hasta darle la apariencia actual, propia de la segunda mitad del XVIII. Otras pinturas que se se conservan en en el claustro son la Anunciación firmada por Juan Sánchez, el altar de San Jerónimo o el de la familia Pachecho, dedicado a Cristo camino del Calvario.


Acceso al claustro de los Evangelistas

El segundo claustro que se visita es el de los Evangelistas o de la Hospedería. De nuevo las pinturas conservadas son de una extraordinaria calidad y supone prácticamente un milagro que hayan llegado a nuestros días en tan buen estado. El claustro de los Evangelistas se conoce con este nombre porque estuvo decorado con las figuras de estos santos, muchos de los cuales desaparecieron en el siglo XIX cuando el monasterio se abandonó y la zona de la Hospedería se derrumbó. Hubo un intento por salvar algunos frescos, pero las técnicas de arranque del muro no estaban aún perfeccionadas y la pintura de San Juan se perdió mientras que las de San Mateo y la Magdalena están en el Museo Arqueológico de Sevilla, a dónde llegaron tras serle requisadas a Mr. Layard, embajador inglés en España que trató de sacarlas ilegalmente del país.


El claustro de los Evangelistas era una zona abierta al exterior debido a su uso como Hospedería. Este contacto con el exterior hizo que los monjes tuvieran especial celo en su decoración utilizando las pinturas como material didáctico. La zona del zócalo se ha conservado especialmente bien, no así las pinturas que decoraban las paredes que tuvieron un contenido pedagógico importante como se puede observar en la pintura atribuida a Juan Sánchez que representa una vanitas en la que la muerte caza a religiosos y nobles que viajan en un barco zarandeado por demonios que simbolizan los pecados capitales.

Claustro de los Evangelistas

De regreso al claustro accedemos al Refectorio del monasterio por la portada de ladrillo que construyeron los isidros. Este espacio, de origen cisterciense, fue redecorado por los isidros y repintado una y otra vez con el paso de los siglos hasta darle su apariencia actual. El refectorio era la zona donde comían los monjes y en una de las paredes se ha conservado el repertorio decorativo de los siglos XVI, XVII y XVIII superpuesto para que podamos ver el cambio decorativo de esta sala. Hoy en día se ha musealizado y se han traído aquí piezas de otras zonas del edificio, como los cuadros de la vida de San Isidoro que habrían estado en algún claustro y que terminaron en el coro o las parejas de evangelistas que decoraban la Sala Capitular.


Sin duda una de las pinturas más bellas es la Sagrada Cena que preside el espacio, fechada a finales del siglo XV gracias a los escudos nobiliarios pintados en varias zonas del muro y que pertenecen a la familia Guzmán y a los Mendoza. Los escudos de las mujeres de los Pérez de Guzmán permiten ir fechando diferentes intervenciones ya que son los que van variando con el paso de los años. La pintura de la Sagrada Cena, muy rígida en su composición se ha puesto en relación con algún artista italiano debido a su calidad.


Sacristía

Volvemos de nuevo al claustro para acceder a la Sacristía, cuya apariencia actual corresponde al siglo XVII. Esta zona del monasterio es la que más reformas ha sufrido con el paso de los siglos. Originariamente, en época cisterciense, Sacristía y Sala Capitular (estancias que comparten el mismo volumen) eran de menores dimensiones y tenían encima la nave de dormitorios. Cuando se construye el nuevo Claustro Grande para acoger celdas individuales a partir del siglo XV se amplían ambas estancias eliminando la cubierta de madera intermedia y dándoles una doble altura que utilizaba las bóvedas de crucería de la antigua nave de dormitorios. En el siglo XVII se redecorarán debido a la expulsión de los isidros del Monasterio. Será en 1568 cuando Felipe II ponga fin al foco reformista que tuvo lugar en San Isidoro. La Inquisición hará de las suyas, encarcelando y ejecutando a prácticamente todos los monjes de San Isidoro por sus ideas reformistas y demasiado avanzadas para la época. Casiodoro de Reina fue uno de los pocos monjes que logró huir publicando al año siguiente en Basilea la Biblia del Oso, la primera Biblia traducida al castellano. La llegada de la Orden Jerónima impuso el silencio sobre lo ocurrido y se redecorará todo el monasterio para tapar las pinturas anteriores.


En la Sacristía destacan el retablo de la Virgen de la Antigua, del XVII pero cuya pintura principal es anterior o los laterales dedicados a Cristo atado a la Columna y el Entierro de Cristo, lienzos manieristas reutilizados en retablos rococó del siglo XVIII.


Sala Capitular

Una de las estancias más soberbias es la Sala Capitular, contigua a la Sacristía. En ella se ha conservado parte de la decoración de 1634 que vino a sustituir a la desplegada por los Isidros. La restauración de este espacio ha permitido recuperar parte de las primitivas pinturas del siglo XV donde se representan diferentes escenas de la vida de San Jerónimo. El aspecto actual, de principios del XVII, se diseñó para silenciar el foco reformista y se dispuso un programa iconográfico ejemplar que no desviara la atención y la intención de los nuevos moradores del monasterio. La bóveda original de crucería con pinturas mitológicas y vegetales (incluyendo dragones rojos y verdes) se ocultó con la actual bóveda de medio cañón, conservándose la original por encima en excelentes condiciones. Las nuevas pinturas se centran en el buen Gobierno y para ello se utilizaron temas como las virtudes (la Justicia, la Caridad y la Concordia), escenas de la vida de Jesucristo y las parejas de apóstoles que hoy se encuentran divididos entre esta sala y el refectorio. El traslado de varios cuadros permite disfrutar de las pinturas del siglo XV, otra auténtica maravilla conservada en el monasterio.


El retablo de San Pedro que preside la sala tuvo en su momento un lienzo de Pasquali Cati de Cristo atado a la columna que hoy se conserva en el Refectorio. Esta obra fue retirada en los años setenta del siglo XX por su mal estado y sustituida por el San Pedro actual, que en su momento tuvo su propio retablo en la iglesia del monasterio. 


El siglo XIX será un período terrible para el monasterio ya que fue desamortizado y muchas de sus dependencias y espacios se perdieron para siempre. Su protección no llegaría hasta 1872 cuando fue declarado Monumento Artístico Nacional precisamente para evitar su desaparición. En los años 80 de ese mismo siglo los herederos de los Pérez de Guzmán lograrían recuperar el patrocinio del espacio que volvería a tener un uso religioso entre 1956 y 1978, período en el que se llevaron a cabo algunas obras como el repintado de las bóvedas del refectorio o el desmontaje de algunos retablos de las iglesias. No será hasta 1989 cuando la Junta de Andalucía se comprometa a restaurar el edificio, una tarea que tuvo su auge en los años 90 pero que a día de hoy ha quedado completamente paralizada.

Pinturas del siglo XV con escenas de la vida de Ssan Jerónimo. Sala Capitular

Capilla del Reservado

La última joya que visitaremos es la Capilla del Reservado donde se custodiaba el Santísimo el Jueves Santo. Se trata de un espacio de reducidas dimensiones pero de una riqueza decorativa espectacular. Paredes y bóvedas están decoradas con pinturas de 1636 que representan motivos relacionados con la Virgen María, además de guirnaldas, candelieri, putti... El retablo de Santa Ana con el Niño  es obra de Martínez Montañés y estuvo en origen en la iglesia, siendo trasladado a esta capilla y adaptado al nuevo espacio.


Este reprtaje alberga tan sólo algunas pinceladas de la inmensa riqueza artística e histórica que atesora San Isidoro del Campo, una auténtica joya patrimonial que todos deberíamos conocer. Su relativa lejanía unido a su escasa difusión hacen que este edificio sea poco conocido pero sin duda merece la pena viajar a Santiponce para conocerlo. Quizás si lo visitamos masivamente la Junta de Andalucía se anime a seguir con la restauración del complejo que aún tiene joyas por descubrir.

Más información sobre San Isidoro del Campo aquí

1 comentario:

Joaquin Rodriguez Noguera dijo...

Magnifica joya del arte andaluz pero sin las medidas para conservar y restaurar este rico patrimonio