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martes, 6 de junio de 2017

Educar en la conservación del Patrimonio

Ilustración de Virginia Lorente para la campaña #SalvemosMetropol. Fuente



Pasaba ayer el rato en Twitter cuando de repente vi el hashtag #SalvemosMetropol. En seguida asocié la llamada de atención a nuestro Metropol Parasol (que aunque nadie se acuerde es el nombre original de 'las setas' de la Encarnación) y le di al enlace. Lo que me encontré no tenía nada que ver con Sevilla, al menos no directamente. El Cine Metropol se encuentra en Valencia y se trata de un edificio construido en 1860 con un uso residencial que a finales de los años veinte del siglo XX fue reconvertido por el arquitecto Javier Goerlich en cine, un uso que mantuvo hasta el incendio de 2001. El edificio, en pleno ensanche valenciano, es uno de los pocos ejemplos del estilo art decó que tan fugaz fue en la Historia del Arte. La alarma saltaba hace unos días cuando se conocía que tras la venta del edificio, que no goza de protección alguna, el derribo era inminente para construir un hotel. La ciudadanía se ha movilizado con el apoyo de profesores universitarios y en el Ayuntamiento ha cundido la sorpresa pues al parecer, nadie sabía nada del asunto. Eso sí, los técnicos de Patrimonio han dado su visto bueno al derribo.

Cuando leo estas cosas me asaltan muchas dudas y preguntas. La primera de todas es para qué sirve una Ley de Patrimonio cuando a la gran mayoría de la población el patrimonio es algo que le da exactamente igual. La Ley de Patrimonio, al igual que otras muchas leyes, más parece un castigo que una norma de convivencia. Para el titular de un inmueble patrimonial la Ley no es más que una soga que estrangula las posibilidades de rentabilizar un activo. Evidentemente esto es un grave problema que nadie parece poder solucionar. Hace falta educar en la conservación del patrimonio para que la ciudadanía entienda que la protección de un edificio, un yacimiento arqueológico o un jardín no es un capricho, sino la garantía de que se están preservando una serie de valores. Está claro que un patrimonio sin uso es un patrimonio muerto que terminará causando más problemas que beneficios, pero es ahí donde entra la educación. El patrimonio debe adaptarse a los tiempos y es lógico que un edificio vaya cambiando de usos, pero su valor patrimonial debe (o debería) preservarse porque nosotros no somos dueños de ese patrimonio, sino meros gestores de un bien que hay que legar a generaciones futuras. Esta idea es complicada de entender y muchas veces los historiadores del arte lo vemos tan claro que no alcanzamos a comprender cómo el resto de la población no lo ve de la misma manera. Sin duda es un problema de nuestro gremio, debemos comunicar mejor para llegar a más gente y debemos usar los cauces adecuados para llegar a la mayor parte de la ciudadanía, pero la tarea es ardua cuando la labor del historiador del arte es ninguneada. ¿Cuántos historiadores del arte trabajan en las comisiones de patrimonio o son técnicos en las áreas de patrimonio institucionales? El porcentaje es bajísimo y normalmente esos puestos lo ocupan personas que no tienen esa sensibilidad hacia el patrimonio. De otro modo no se entiende que haya tantos desmanes contra el patrimonio en pleno 2017.


Uno de los impresionantes techos del Palacio Moxó de Barcelona. Fuente



Más ejemplos. Hace unos días saltaba la noticia de que el Palacio Moxó de Barcelona, uno de los escasos palacios barrocos que aún se conservan en la ciudad Condal, había sido vaciado y vendido. Los dueños del edificio, herederos del linaje que lo construyó en 1770 se sentían incapaces de conservar un inmueble necesitado de múltiples obras de conservación y decidieron ponerlo a la venta. Por dos veces se lo ofrecieron al Ayuntamiento que declinó ejercer su derecho de compra por tratarse de un Bien Cultural de Interés Local. De nuevo una amplia protección que se otorga para 'salvar' un edificio pero que termina condenándolo. Las obras que se pueden hacer en un edificio altamente protegido son tan restrictivas que en la mayoría de las ocasiones sus propietarios optan por deshacerse del problema. Tras la venta llegan los fondos inversores que ven en este tipo de edificios un goloso caramelo para hacer un "hotel con encanto" o cualquier otra actuación que conlleva la absoluta destrucción del interior de los edificios. ¿Por qué? Pues muy sencillo, un edificio histórico que fue construido como residencia unifamiliar debe ser muy, pero que muy alterado para poder acoger decenas de habitaciones de hotel con sus cuartos de baño. Las obras empiezan y cuando acaban nada queda del edificio original salvo cuatro elementos característicos.

¿Musealizamos todo el patrimonio para evitar que esto pase? Evidentemente no, pero algo hay que hacer. Entre embalsamar un edificio y despojarlo de toda su historia debe haber un punto medio. Y aquí vuelve a entrar la educación en la conservación del patrimonio. Las administraciones deben aprender a dialogar para evitar la destrucción del patrimonio. Las leyes de protección deben ser el marco legal sobre el que moverse, pero con una base fundamental: que el patrimonio tiene un valor per se, no porque lo diga una ley. Mientras las administraciones sigan actuando a posteriori, seguiremos perdiendo patrimonio de manera sistemática. Hay que buscar fórmulas para que sea rentable conservar el patrimonio, estableciendo una línea de ayudas, reduciendo impuestos u ofreciendo servicios desde las administraciones para que la conservación del patrimonio no sea una losa, sino un orgullo.


Palacio Castell de Pons, Barcelona, reconvertido en tienda de ropa. Imagen de Natàlia Farré para El Periódico



Sin salir de Barcelona y buceando en noticias recientes me encontraba con la conversión del Palacio Castell de Pons en una tienda de ropa low cost donde se han conservado las pinturas del techo (impresionantes por cierto) o Ca L'Erasme, otro palacete venido a menos en el que destacan unas pinturas espectaculares del siglo XVIII protegidas a nivel nacional. Os recomiendo ver los enlaces porque ambos edificios no tienen desperdicio. 

Valencia, Barcelona, pero en Sevilla no somos una excepción. Edificios enteros han caído víctimas de la piqueta y en sus solares se alzan hoteles y apartamentos turísticos a mayor gloria del PIB local. La educación para proteger el patrimonio es fundamental, pero no por capricho de cuatro historiadores del arte obsesionados con que no se mueva un solo ladrillo, sino porque todo ese patrimonio forma parte de nuestra historia, de lo que somos. 

4 comentarios:

Gabriel Maestre dijo...

Compartiendo tu sensibilidad por el patrimonio, Sergio, no puedo evitar dudar que las administraciones tengan recursos para destinar ayudas a los propietarios. Supongo además que una ayuda de cierta cuantía seguramente no les compensará el tener que mantener un edificio sin rentabilizarlo. Lo mejor, como muestras, es compaginar uso rentable y valor artístico. Me pregunto si no hay cierto tipo de conservacionismo radical que no ve que, salvo edificios dedicados fundamentalmente a ser monumentos-museos (que son costosos de mantener) prácticamente toda edificación necesita adaptarse a un uso práctico -o morir. Gracias por tu trabajo y un saludo.

Gabriel Maestre dijo...

Precisamente, este post me recuerda al hermoso edificio de Rioja, 3, donde ahora está la tienda de moda Brownie, y sus frisos del patio. Creo recordar que fue otro post tuyo el que me hizo descubrirlo. Gracias de nuevo.

Isaac Chalmain dijo...

Sin lugar a dudas, una magnífica entrada. Concido en la mayoría de puntos. Y, como acertadamente afirmas, el problema no es exclusivo de otras ciudades, sino que en Sevilla lo tenemos presente desde hace lustros, ya convertido en una especie de mal endémico y voraz.

Hay que decir que el respeto al patrimonio no es un tema compulsivo de historiadores, sino que ha de formar parte del espíritu vivo de una sociedad. ¿Pero qué formación tiene la gran ciudadanía en materia de arte o patrimonio? La Historia del Arte como disciplina académica apenas va más allá de ser una materia optativa en segundo curso de Bachillerato. Por lo tanto, mucha gente es completamente ajena al disfrute del arte y a la valoración del mismo.

A mí me dan ganas de llorar cuando magníficos edificios históricos se reconvierten en espacios con usos completamente ajenos a sus primigenios usos. Cierto es, como bien dices, que no podemos embalsamar el patrimonio. Desde luego, ni es rentable ni saludable, pero tampoco el lema de reutilizar a toda costa edificios patrimoniales con lo que ello supone.

Recuerdo a una de mis profesoras que siempre nos decía "en arte y patrimonio nunca se va a máximos", pero es que a veces casi ni a mínimos. Diariamente, se aprecia una desidia por parte de las administraciones públicas pasmosa, quizá porque los responsables últimos de muchas decisiones son más partidarios de los intereses económicos que de la preservación cultural. Una pena, pero es así. Es esta la causa de que multitud de inmuebles históricos populares desaparezcan absorbidos por la vorágine de la especulación, porque es mucho más rentable derribar y construir un hotel High Tech que conservar un techo de vigas de madera del siglo XVIII.

En fin, como digo siempre, una alegría saber que existe gente que se moviliza para defender su patrimonio y sus huellas identitarias en unos tiempos cada vez más despersonalizados y átonos.

Como apunte final, el ejemplo del Metropol me recuerda a la campaña contra el derribo del Teatro Cervantes que se produjo en Málaga, gracias a la cual la ciudadanía malagueña salvó de la piqueta uno de los espacios escénicos más bonitos y con encanto de Andalucía. ¡Chapó!

Sergio Harillo dijo...

Muchas gracias por vuestros comentarios, poco más puedo añadir a lo que habéis dicho :)

¡Saludos!